Rama Viva
Rama Viva
No arranca.
Brota.
Como brota la vara de la tierra
antes de que nadie le pida madera.
Hay un fuego en ella
que nadie encendió:
estaba.
Le enciende la mirada,
le ordena el cuerpo sin palabras,
le acelera el corazón,
le despierta el plexo solar,
baja por sus piernas, tensas como arcos,
y sale por los pies.
Y el cuerpo obedece
como obedece el agua a la pendiente.
Y ocurre la magia.
Buscaba una salida
y encontró un lugar
hecho de movimiento.
Ahí el goce se volvió belleza.
Desde entonces tiene una flor
en el centro de lo que hace
y otra en el centro del pecho.
El carro avanzó y avanzó,
la vara erguida entre las otras,
los laureles, los nombres,
el aplauso que llega de lejos
y no le cambia el rumbo.
Y ahora …
Ahora ninguna vara ocupa el medio
porque todo es centro.
Lo difícil se volvió natural
como se vuelve suave la piedra
de tanto que la piensa el río.
Quien la mira disfruta y desea,
sin querer para sí, los inviernos
que caben en un gesto que parece simple.
Lo redondo la busca.
La tierra, que es lenta, que es oro,
aprende con ella a levantar vuelo,
y por un instante
el fuego y la materia
se ponen de acuerdo.
Y ocurre la magia.
Tiene una piel que la guarda del mundo,
pero en el juego no se guarda nada.
Va entera,
con la boca del león abierta
y una mano de mago
que engaña al ojo.
Una noche la vi bailar
y reconocí la danza
que ya le había visto jugando.
Siempre fue esto:
una mujer desnuda con cuerpo, cabeza y corazón
en el centro de una rueda de hojas,
una vara en la mano,
y la pelota,
quieta un instante,
a sus pies.
