Noviembre
Noviembre
Hay días en que alguien vuelve sin avisar. Un café servido como lo tomaba. Una canción en la radio de un taxi. El olor de una cocina que ya no es esa cocina. Una frase que se te escapa con su voz.
Así se recuerda a quien no está: con el cuerpo, antes que con las palabras. A veces con una sonrisa, a veces con un nudo, otras con las dos cosas juntas.
Hay una carta que no se llama, y a mí me parece justo. La pérdida, para quien la vive, tampoco tiene nombre.
Es esa guadaña que limpia para que algo nuevo crezca. Habla de duelo, pero también de cosecha, de coraje y de renovación. Su fuerza es purificadora: lo que corta conduce a algo todavía desconocido, un futuro que no vemos y que de algún modo ya está germinando. No castiga. Es la aceptación profunda de que todo fluye.
Lo que se fue no desaparece del todo. Se vuelve abono para que algo nuevo pueda crecer.
Y nos vibra un 9, de Copas. Es la última prueba del amor, que consiste en soltar. Un corazón que termina de abrirse justo cuando se rompe, y que descubre en el fondo de esa rotura una dulzura que antes no estaba.
Los lazos pasan y se transforman en un amor que no muere. Se trata de dejar partir a quienes se fueron para poder volver a vivir, sin dejar de quererlos.
La tristeza forma parte del camino. Lo que no ayuda es encerrarse en ella.
La primera limpia el terreno. La segunda abre el corazón. Y entre las dos se arma un lugar posible para recordar sin que duela igual todo el tiempo.
Recordar a alguien que ya no está es seguir cocinando su receta, decir su nombre en voz alta, contar la anécdota que lo hacía reír, emocionarse, ver sus gestos en alguien más. Y seguir con nuestro día.
Esta semana, un abrazo para quienes extrañan a alguien.
