La Muerte Identitaria II
La muerte identitaria II
Después del quince vino la sensación de que el fuego,
habiendo tomado todo, dejó intemperie.
No fue un derrumbe visible, La Torre se presentó como la caída secreta
de ciertas formas de sentido.
Una estructura interna cedió. Una vieja habitación se agrietó.
Y algo siguió en pie,
pero ya no sostiene lo mismo.
Entre los restos, no aparece una respuesta.
Aparece una respiración.
Algo que no tiene casa.
Y sin embargo persiste.
No pide nombre. Solo flota, como si hubiera materias
que tardan más en tocar el suelo.
La desnudez, de La Estrella. No como redención.
No como promesa.
Más bien como una exposición nueva.
El cielo ya no protege, pero tampoco pesa igual.
Hay agua corriendo en otra dirección.
Hay un cuerpo que, sin saber del todo cómo, empieza a confiar en su propia intemperie.
Ser donde estoy. Con el cuerpo que tengo, a la intemperie, en un nuevo ritmo.
Quizás la magia era eso:
Una forma de resplandor.
Y cuando el destello se retira, queda su dibujo.
La Luna sabe de eso.
Sabe del resplandor sin objeto.
De las formas que vuelven deformadas por el agua. De lo que late abajo
mientras arriba todo parece en silencio.
Bajo su luz nada termina de definirse.
Todo muta.
Todo exhala otra cosa. Todo se vuelve símbolo antes de volverse lenguaje.
Hay noches así:
hechas de una materia incierta. No oscuras del todo, no claras tampoco.
Noches en las que una no sabe si está perdiendo una piel
o si recién está entrando en ella.
Y sin embargo, asoma El Sol.
No el gran sol.
Más bien un calor mínimo, una alegría sin relato, una vitalidad que no necesita explicación.
Algo simple tocando la materia. Una cotidianeidad amable.
Algo vivo, sin épica.
Y ahí está El Juicio, como llamado.
Una voz que todavía no habla pero ya vibra.
Una forma nueva de pronunciarse desde adentro de la transformación.
Como si la mutación, antes de tener rostro,
tuviera sonido.
Y el Mundo no aparece todavía como cierre.
Aparece apenas como borde.
Como presentimiento.
Como una figura que se dibuja muy lejos
o muy adentro.
No saber también es un umbral.
No saber qué cayó exactamente.
No saber qué parte de la ruina es pérdida
y qué parte es apertura.
No saber en qué me resignifico.
No saber qué nombre tendrá la forma que ahora se está gestando.
Solo percibir
que algo sigue trabajando en lo hondo.
Cómo trabajan las cartas.
Cómo trabaja la noche.
Cómo trabaja la alquimia cuando ya no hay espectáculo
y todo ocurre bajo la piel.
Algo muda.
Algo respira.
Algo, todavía sin figura,
me sueña hacia otra forma.
Nunca me atrevería,
a dar por sentado lo que va a suceder.
